Soñé y, al hacerlo, pensé que estaba en otro país, otro espacio. Al entrar por aquella puerta, vi un niño que prestaba atención mientras le hablaba la maestra. Por la mente de aquel pequeño, y sus compañeros, sólo había hambre de conocimiento; su estómago no interrumpía su deseo de estar en aquella aula.
Y la maestra, con esa sonrisa que hacía más placentera la docencia, enseñaba con amor y sin la preocupación que genera el tener que rendir el dinero de la quincena, para cumplir con la noble tarea de educarnos.
Y la maestra, con esa sonrisa que hacía más placentera la docencia, enseñaba con amor y sin la preocupación que genera el tener que rendir el dinero de la quincena, para cumplir con la noble tarea de educarnos.



